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Deriva Poema

DERIVA



Aunque muchos juren que el dolor no me rozó,  

aun si mienten y escarnecen mi amor con saña,  

la turba, que en contra nuestra apuesta y se encona,  

de lo sagrado, de lo eterno e inmaculado, se mofa en vano.  


Así, en su ceguera, su propio mañana profanaron.  


Me dolió la partida de la barca,  

me dolió verte sola en nuestra barca a la deriva.  

Antes, los dos remando contra la tormenta —  

tormenta de celos, sádica y fría.  


Fría como tu voz, como tu boca, como tu saliva,  

como tus lágrimas, como tu mirada, como tu corazón:  

tormentoso y gélido, un invierno sin fin.  


Contigo, el pulso de la vida se enlenteció,  

un madero menudo, de llagas forjado y febril.  

Traumas trenzados, celos cebados, envidias envueltas en vil.  

En proa, las secuelas de embates a babor,  

azotes salobres que nos hundieron en horror.  


Sin albor de orilla, naufragio nudo y nulo,  

sin salvataje ni susurro —locura lozana,  

arrebato audaz, juvenil y juguetón,  

que al abismo nos arrastra, en eco eterno y son.  


No sé por qué emprendí este viaje sin retorno,  

me hiciste creerme el capitán, soberbio y audaz,  

pero en verdad fui tu marinerito, frágil y rendido.  

Soltamos velas al viento, y Eolo, gozoso, soplaba,  

júbilo en su aliento, impulsando la trágica odisea,  

donde el mar nos mecía en promesas de gloria efímera.  


Pronto el mundo se tornó un caos de sombras y bruma,  

el vaivén salobre trajo tempestades en su regazo:  

olas furiosas, rugidos del abismo, y el cielo en ruina.  


Al escrutar el horizonte sin salida ni luz,  

me lancé al mar embravecido, sin vuelta atrás.  

Te dejé en cubierta, al fin: era tu barca, no la mía,  

tu rumbo trazado, no el mío, en su afán.  


Como Jonás, al hundirme, las tormentas amansaron,  

olas que rugían se aquietaron en paz.  

Mas ¿por qué Cristo no velaba en nuestra frágil nave,  

para invocarlo en plegaria, rogarle el sosiego y la calma?  


Pero como Jonás, perseguido por su pacto divino,  

santo juramento que maldice a todo y a todos,  

cuando el alma flaquea y no cumple su voto:  

un eco de culpa que arrastra al abismo, eterno y mordaz.  


Y la paz regresó, serena y traidora,  

para ti, para mí, y para el cruel que llamabas hijo —  

tu comandante en sombras, de puñal y corona.  


Al fin me fui, ¡qué paz, Dios mío, qué dulce engaño!  

Un suspiro de olas que ahoga el adiós en vano.  


Y el pez emergió lento, colosal en su manto,  

en su sombra vasta, un abismo bajo mis pies.  

No para devorarme en fauces de olvido y canto,  

sino para velarme, para erizarme la piel con su muda.  


Solo mordisqueaba, un roce de dientes en la carne,  

sin concederme la muerte, solo el filo del temor.  

Gigante umbrío, grande como el vacío que arde,  

terror que acompaña, fiel en la deriva, en el horror.  


Son distintas las crónicas de este mar indómito,  

pues no son santos los que lo surcan, pecadores en su afán.  

Y ahora floto a la deriva, un despojo en la marea,  

con paz teñida de sueños que me azotan y me oprimen,  

me ahogan en silencio, ecos de un naufragio sin fin.  


Tengo la paz de no tenerte, un bálsamo amargo y hondo,  

que durará mientras el aliento me queme en el pecho,  

hasta el ocaso de mis días, en la quietud del olvido,  

hasta que la muerte me arrastre, serena y absoluta, al fondo.  


Yo prometí ante el Señor que te amaría,  

mi nombre grabado en letras hondas y eternas,  

en el libro de promesas sobre mi tumba fría,  

y por eso, mujer, no hallo olvido en mis venas.  


No es que no te haya amado con fuego y con alma,  

es que el aire se me negaba en tu abrazo,  

pero me aparto de ti, pues mi culpa y mi llaga  

en la deriva vasta, en la inmensidad,  


con monstruos que acechan a mis pies en la sombra,  

tormentas que azotan mi cabeza en la noche,  

no bastan excusa para volver a tus labios.  

Mi voto primero es con el Dueño de mi amor,  


con mi Creador, esa es la luz de mi ser,  

y a Él he fallado, a Él debo rendir mi deber.  

Misericordia, guíame a tierra firme y redentora,  

donde el mar se aquiete y el alma encuentre su hora.  


Pero al cabo del oleaje, en el confín del horizonte,  

asoma esperanza: una franja de tierra, tenaz y remota.  

Un faro de redención en la deriva sin cuento,  

donde el alma, exhausta, anhela pisar la costa.  


Mas no sin su sombra: el animal que me acecha,  

ese leviatán fiel, castigo y brújula en uno.  

Me sigue en la marea, mordaz pero no letal,  

guía para la lección que el mar me graba en hueso:  


que las promesas rotas no zozobran en vano,  

que el voto divino, aunque herido, llama al retorno.  

En su cola de escamas, un eco de misericordia,  

donde el terror se torna maestro, y el naufragio, escuela.  


Autor

Gerson Ricardo Navarro Hernández  

Bucaramanga, septiembre 2021.


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